Mis primeros días en Edimburgo: llegar sola, vivir en hotel y preparar el camino para emigrar

 

Primeros días en Edimburgo viviendo en hotel y preparando la emigración

Mis primeros días en Edimburgo viviendo en hotel: llegar sola para preparar el camino

Después del viaje exploratorio a Escocia que contamos en el post anterior, volvimos a Barcelona con una sensación que ya conocíamos bien: entusiasmo mezclado con urgencia. Habíamos visto algo que nos cerraba, que nos daba tranquilidad y, sobre todo, que nos devolvía una certeza fundamental para quienes emigramos más de una vez: en el Reino Unido había trabajo. Y cuando emigrás con familia, eso no es un detalle menor, es la base de todo.

En Barcelona habíamos vivido nueve meses intensos, llenos de intentos, ilusiones y también de frustraciones. Ni Mariano ni yo habíamos logrado conseguir trabajo, y el panorama no parecía mejorar. Volver a Argentina no era una opción. Todavía sentíamos que nos quedaba camino por recorrer, experiencias por vivir y decisiones por tomar. Yo tenía 46 años y, aunque muchos piensen que a esa edad ya no se empieza de nuevo, para mí era exactamente lo contrario: era el momento justo.

Así fue como tomamos una decisión que, vista desde afuera, puede parecer arriesgada, pero que para nosotros tenía mucho sentido. Yo sería la encargada de volver primero a Escocia, esta vez a Edimburgo, para preparar el terreno: buscar casa, conseguir trabajo y acomodar las primeras piezas de esta nueva etapa. Mariano se quedaría en Barcelona levantando la casa, organizando la mudanza y haciendo los trámites necesarios. No éramos solo dos adultos tomando decisiones; teníamos un adolescente en casa, Valentin, cuya experiencia como hijo de emigrantes merece un capítulo aparte que llegará más adelante.

A mediados de febrero de 2018 armé una valija chica, de cabina, con lo indispensable, y me subí a un avión sola. Esa imagen todavía la tengo muy presente: yo, con mi mochila, sabiendo que empezaba algo importante, sin tener certezas absolutas, pero con una calma que solo se consigue cuando ya atravesaste varias tormentas.

Si todavía no leíste el primer post de esta historia, donde cuento cómo fue el viaje exploratorio que nos llevó a elegir Escocia y Edimburgo como nuevo hogar, te recomiendo empezar por ahí.

Vivir en hostel y empezar desde abajo (otra vez)

Al llegar a Edimburgo me alojé en un hostel. No era céntrico, pero estaba ubicado en un lugar precioso y el edificio tenía un encanto especial. Estaba muy cerca de The Meadows, que para mí sigue siendo, hasta hoy, el parque más hermoso de Edimburgo. Ese detalle, aunque parezca menor, hizo una gran diferencia. Poder caminar entre árboles, respirar aire frío y sentir que la ciudad te abrazaba de a poco fue un regalo en pleno invierno escocés.

Compartí habitación con dos chicas españolas que estaban exactamente en la misma situación que yo: habían llegado a Edimburgo buscando trabajo. Esa coincidencia fue un alivio enorme. Cuando emigrás sola, aunque sea por un tiempo corto, encontrar personas en la misma sintonía te da fuerza, compañía y contención. Nos levantábamos temprano, tomábamos algo caliente y salíamos a recorrer la ciudad con un objetivo claro: conseguir trabajo.

En ese momento, antes del Brexit, Edimburgo estaba lleno de oportunidades laborales. Caminábamos y veíamos carteles en bares, restaurantes, estadios, hoteles. “Staff wanted”, “We are hiring”, “Immediate start”. Era invierno, hacía frío, pero la ciudad estaba viva y necesitaba gente para trabajar.

Mi primer trabajo en Edimburgo: cerveza, rugby y miles de personas

Así fue como conseguí mi primer trabajo en Edimburgo a través de una agencia. El lugar: el estadio Murrayfield. El evento: un partido del torneo Six Nations, con Escocia jugando de local. Si nunca estuviste en un evento así, cuesta imaginar la magnitud. Miles y miles de personas, trabajadores que llegaban en micros desde otras ciudades, una energía impresionante.

¿Y a mí qué me tocó vender? Cerveza. Mucha cerveza.
Nada nuevo para alguien que ya había trabajado en eventos y gastronomía en otros países. Pero ahí estaba yo, sirviendo pintas, escuchando acentos imposibles de entender del todo y pensando, mientras sonreía: otra vez lo logramos.

Ese primer trabajo fue mucho más que un ingreso. Fue la confirmación de que habíamos tomado una buena decisión. Conseguir trabajo en Escocia, en ese momento, era realmente fácil. Eso nos dio aire, confianza y margen para encarar el otro gran desafío: el alquiler.

Buscar casa en Edimburgo: exigencias, dinero y decisiones difíciles

Si conseguir trabajo fue relativamente sencillo, encontrar alquiler era otra historia. Edimburgo siempre fue una ciudad exigente en ese sentido. Pedían referencias, contratos, estabilidad, cosas que nosotros todavía no teníamos. Y sin trabajo fijo, la pregunta era inevitable: ¿cómo íbamos a alquilar?

La respuesta fue tan simple como incómoda de admitir: con dinero.
Por suerte, no habíamos llegado a tocar fondo en Barcelona. Habíamos pasado un período de mucha suerte gracias a nuestro amado Bitcoin y, aunque gastamos una parte importante de los ahorros para vivir esos meses, nos habíamos puesto un límite claro: había un monto que no íbamos a tocar. Ese colchón fue clave.

Gracias a eso, pudimos ofrecer el pago de seis meses de alquiler por adelantado. Eso, en Edimburgo, abre muchas puertas. Mariano, desde Barcelona, se ocupó de buscar opciones online, seguramente a través de Gumtree. Yo fui a ver dos departamentos y, después, a la distancia, tuvimos una cuota enorme de suerte con el que finalmente fue nuestro hogar.

Todo se dio de una manera sorprendentemente fácil y natural. Como si, por una vez, las piezas encajaran sin resistencia.

Esperar a mi familia en nuestro nuevo hogar

El plan era claro: el 1 de marzo de 2018 Mariano y Valentin volaban a Edimburgo para reencontrarnos y continuar juntos esta aventura escocesa. Pero Escocia tenía otros planes. Una tremenda tormenta de nieve paralizó vuelos y ciudades. Los aviones se cancelaron y la espera se alargó.

Finalmente, volaron el 3 de marzo. Yo ya estaba instalada en el departamento nuevo, esperando con una mezcla de ansiedad, emoción y cansancio acumulado. Cuando los vi llegar, entendí que todo el esfuerzo había valido la pena. Estábamos juntos otra vez, en una ciudad nueva, con trabajo, con casa y con un futuro posible.

Mirando hacia atrás

Hoy, casi ocho años después, miro esos primeros días en Edimburgo con mucho cariño. No fueron fáciles, pero fueron honestos. No hubo glamour, ni certezas absolutas, ni planes perfectos. Hubo decisiones valientes, trabajo duro, ayuda mutua y un profundo agradecimiento por haber tenido la posibilidad de intentarlo una vez más.

En el próximo post voy a contar cómo fueron nuestros inicios laborales en Escocia, los primeros trabajos estables, los aprendizajes y los cambios que vinieron después. Porque emigrar no es solo llegar: es sostenerse, adaptarse y seguir creciendo.

Vivir en hotel cuando emigrás sola: un refugio temporal que lo cambia todo

Vivir en un hostel o en un hotel cuando recién llegás a un país nuevo no es solo una cuestión práctica. Es, muchas veces, un refugio emocional. En mi caso, esos primeros días en Edimburgo fueron una mezcla intensa de cansancio, ilusión y miedo controlado. Volvía a empezar sola, pero no me sentía sola. Cada mañana me despertaba sabiendo que ese lugar era transitorio, y esa certeza me daba fuerza.

Elegir bien dónde alojarse en los primeros días es clave cuando emigrás. No se trata de lujo, sino de ubicación, seguridad y tranquilidad mental. Poder descansar, pensar con claridad y salir a recorrer la ciudad sin sentirte perdida hace una diferencia enorme. En mi caso, estar cerca de The Meadows me permitió conectar rápido con la ciudad, caminar, observar y empezar a imaginarme viviendo ahí de verdad.

Durante mis primeros días en Edimburgo me alojé en un hotel sencillo pero bien ubicado, ideal para moverme con facilidad y concentrarme en buscar trabajo y alojamiento sin sumar estrés innecesario.

Porque cuando una llega sola, sin red inmediata, esos detalles importan más de lo que parece.

Con el correr de los días entendí que estar en un alojamiento temporal también te da algo muy valioso: perspectiva. No estás atada a nada todavía. Podés cambiar de barrio, de rutina, de plan. Podés decir “esto no es para mí” sin que implique un fracaso. Ese margen de maniobra es fundamental cuando estás armando una nueva vida desde cero.

Muchísimas personas que sueñan con emigrar se paralizan pensando que todo tiene que estar resuelto antes de llegar. Casa, trabajo, colegio, trámites. Mi experiencia fue exactamente la opuesta. Llegar, instalarte en un lugar temporal y resolver sobre la marcha puede ser mucho más realista, especialmente cuando ya emigraste antes y sabés que la perfección no existe.

Además, vivir esos primeros días sola me obligó a confiar en mí. A hablar con desconocidos, a pedir ayuda, a moverme por la ciudad, a entender acentos difíciles y a resolver problemas cotidianos sin apoyo inmediato. Fue agotador, sí, pero también profundamente empoderador.

Hoy, mirando hacia atrás, sé que esos días en hostel y hotel fueron una parte esencial de mi proceso migratorio. No los cambiaría. Me prepararon emocionalmente para recibir a mi familia, para asumir la responsabilidad de haber elegido Edimburgo como nuevo hogar y para sostener esa decisión cuando aparecieron los desafíos reales.

Emigrar no siempre empieza con una casa propia y un trabajo estable. A veces empieza con una cama compartida, una valija chica y una enorme determinación. Y está bien que así sea.

En el próximo post te cuento cómo fue nuestro reencuentro en Edimburgo, la llegada de Mariano y Valentín y cómo empezamos a trabajar apenas pisamos Escocia.


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