Diciembre 2014 Mi llegada a Londres
Llegar a Londres sin nada: mis primeros años como emigrada, entre el miedo y la aventura
Emigrar suele contarse desde el resultado. Desde el “ahora estamos bien”, el “valió la pena” o el “volvería a hacerlo”. Pero pocas veces se cuenta con honestidad cómo fueron los primeros pasos, cuando todavía no había certezas, ni idioma, ni red, ni profesión clara. Solo una decisión y muchas ganas de probar.
Nosotros llegamos a Londres el 11 de diciembre de 2014. Éramos parte de una familia que emigraba junta, con más ilusión que planificación, con más intuición que estrategia. No conocíamos a nadie. No hablábamos inglés. No teníamos una profesión que el mercado británico pudiera reconocer fácilmente. Éramos, en el sentido más literal de la palabra, aventureros.
Este post no es una guía. Es un recuerdo. Y también un abrazo para quienes están empezando a emigrar sin saber muy bien cómo ni hacia dónde.
El momento de llegar: cuando el cuerpo entiende antes que la cabeza
Llegar a Londres fue una mezcla intensa de emociones. El aeropuerto, el idioma alrededor, el frío de diciembre, las caras apuradas. Todo era nuevo. Todo era ajeno. Y al mismo tiempo, todo estaba por hacerse.
El cuerpo entiende antes que la cabeza que algo importante está pasando. Hay una alerta constante, una sensación de estar fuera de lugar, pero también una adrenalina difícil de explicar. No sabíamos cómo iba a salir. Solo sabíamos que ya estábamos ahí.
Emigrar no empieza cuando se consigue trabajo. Empieza cuando una pisa suelo desconocido y entiende que, por un tiempo, va a tener que aprender absolutamente todo de nuevo.
Emigrar sin idioma: el silencio como primera experiencia
No hablar inglés fue uno de los mayores desafíos de nuestros primeros años como emigrados en Londres. No era solo una dificultad práctica; era una experiencia profundamente emocional.
No poder expresarse genera una especie de silencio interno. Sabés quién sos, todo lo que viviste, lo que pensás, pero no podés decirlo. Dependés de gestos, de sonrisas, de palabras sueltas.
Ese silencio te vuelve humilde. Te obliga a observar. A escuchar. A aceptar que, por un tiempo, vas a ser menos visible. Y eso, para muchas personas adultas, no es fácil.
Llegar sin profesión: empezar desde donde se puede
Cuando emigrás sin una profesión clara o sin títulos reconocidos, el comienzo suele ser desde abajo. No por falta de capacidad, sino por falta de contexto.
En Londres, como en muchas ciudades grandes, el sistema no sabe quién sos ni le importa demasiado tu historia previa. Sos una más. Y eso puede ser liberador o devastador, según cómo se lo mire.
Nosotros hicimos lo que había que hacer. Aceptar trabajos simples, aprender sobre la marcha, adaptarnos. No había épica. Había necesidad y ganas.
Emigrar también es aceptar que, por un tiempo, el trabajo no define quién sos. Solo te sostiene mientras todo lo demás se acomoda.
Vivir en Londres sin conocer a nadie: la soledad compartida
No conocer a nadie al llegar a un país nuevo tiene dos caras. Por un lado, la soledad. Por el otro, la posibilidad de construir vínculos desde cero.
Los primeros meses en Londres fueron así: calles llenas de gente y una sensación de anonimato total. Nadie sabía quiénes éramos. Nadie nos esperaba. Y, sin embargo, poco a poco, la ciudad empezó a volverse más familiar.
La familia fue clave. Emigrar acompañada no elimina el miedo, pero lo hace más llevadero. El miedo compartido pesa menos. La risa compartida también ayuda.
Londres como escenario de aprendizaje constante
Londres fue una escuela. No solo de idioma, sino de convivencia, tolerancia y adaptación. Una ciudad donde nadie es completamente local y donde la diversidad es parte del paisaje cotidiano.
Aprendimos a movernos, a entender códigos, a pedir ayuda, a equivocarnos sin drama. Cada pequeño logro —entender una indicación, hacer un trámite, mantener una conversación básica— era una victoria silenciosa.
Emigrar te enseña a valorar lo pequeño. Porque todo cuesta un poco más.
El miedo cotidiano: convivir con la incertidumbre
Durante esos primeros años como emigrada, el miedo estaba siempre presente. No como pánico, sino como una preocupación constante de fondo.
¿Vamos a poder sostenernos?
¿Vamos a entender?
¿Esto fue una buena idea?
La incertidumbre es parte estructural de la experiencia migratoria. Y convivir con ella requiere energía emocional. No se trata de ser valiente todo el tiempo, sino de seguir a pesar del miedo.
La aventura como motor
Si algo nos sostuvo en esos primeros años fue el espíritu aventurero. Esa idea de que estábamos probando algo distinto, saliendo del guion conocido.
No todo era fácil, pero había una sensación de estar vivos, de estar aprendiendo, de estar ampliando el mundo. Emigrar sin certezas también tiene algo de juego, de curiosidad, de desafío personal.
Esa energía fue clave para no paralizarnos cuando las cosas se ponían difíciles.
Emigrar en familia: un refugio en medio del cambio
Emigrar con parte de la familia fue, sin duda, un refugio emocional. Tener con quién hablar en tu idioma, con quién compartir miedos y logros, con quién reírte de los errores, hace una diferencia enorme.
La familia se convierte en territorio conocido dentro de lo desconocido. En casa simbólica cuando todo lo demás es ajeno.
Eso no elimina los conflictos ni el estrés, pero crea una base desde donde pararse.
Los primeros años como emigrada y la transformación interna
Mirando hacia atrás, esos primeros años en Londres no solo nos cambiaron la vida externa. Nos cambiaron por dentro.
Aprendí a ser más paciente. Más flexible. Menos controladora. A aceptar que no todo depende de una. A confiar en procesos largos.
Emigrar te saca capas. Te muestra fortalezas que no sabías que tenías y fragilidades que preferías no ver.
No todo fue épico, y eso está bien
Es importante decirlo: no todo fue lindo. Hubo cansancio, frustración, ganas de volver. Hubo días grises y preguntas sin respuesta.
Pero eso no invalida la experiencia. La hace real.
Los primeros años como emigrada no fueron una historia de éxito, sino una historia de adaptación. Y eso también merece ser contado.
Para quienes están empezando hoy
Si estás pensando en emigrar o recién llegaste a un país nuevo sin idioma, sin contactos y sin certezas, este recuerdo es para vos.
No tenés que saber todo.
No tenés que tener todo resuelto.
No tenés que hacerlo perfecto.
Emigrar también es animarse sin garantías.
El valor de contar estas historias
Contar cómo fueron los primeros años como emigrada en Londres no es nostalgia. Es memoria. Y también es una forma de acompañar a otras personas que están transitando algo parecido.
Las historias humanas conectan porque no prometen finales felices inmediatos. Prometen verdad.
Londres, el tiempo vivido y los recuerdos que todavía abrigan
Vivimos en Londres hasta el 16 de junio de 2017. Fueron poco más de dos años y medio que dejaron una marca profunda en nuestra historia familiar. Londres no fue solo el lugar donde empezamos a emigrar: fue el lugar donde aprendimos a vivir de otra manera.
Es una ciudad que amamos. De esas que no se cierran del todo cuando una se va. Londres quedó como una posibilidad futura, como un “quizás algún día volvamos”, sin nostalgia amarga, pero con muchísimo cariño. Nos regaló experiencias, vínculos y recuerdos que todavía hoy aparecen en conversaciones, anécdotas y risas.
A la semana de haber llegado, casi sin tiempo para pensar demasiado, empezamos a trabajar juntos en la empresa de un argentino. Ese primer trabajo fue mucho más que un ingreso económico: fue una puerta de entrada al mundo, al idioma, a la vida cotidiana londinense. La empresa era un caos hermoso, y su dueño, una verdadera locura en el mejor sentido posible. Nada era del todo ordenado, pero todo era humano.
La pasamos genial. Trabajábamos, aprendíamos, nos equivocábamos y nos reíamos mucho. Hicimos amigos que todavía hoy forman parte de nuestra historia migrante. Compartíamos mates, comidas improvisadas, charlas interminables y esa complicidad tan típica de los argentinos que se encuentran lejos de casa.
Esos trabajos, aunque no fueran “el trabajo soñado”, nos dieron algo invaluable: pertenencia. Nos hicieron sentir que no estábamos solos, que había una red, aunque fuera pequeña y desprolija. Y eso, cuando una acaba de emigrar sin idioma ni certezas, vale oro.
Londres fue aventura, aprendizaje y refugio. Fue el comienzo real de todo lo que vino después. Y aunque la vida nos llevó por otros caminos, sigue siendo una ciudad a la que miramos con gratitud, sabiendo que ahí empezó todo.
Cierre: emigrar como acto de confianza
Llegar a Londres el 11 de diciembre de 2014 sin idioma, sin profesión clara y sin conocer a nadie fue un acto de confianza. No en el sistema, ni en el país, sino en nuestra capacidad de adaptarnos.
Hoy, mirando atrás, sé que ese salto nos transformó para siempre. No porque todo haya sido fácil, sino porque nos animamos.
Y eso, incluso con miedo, también es algo precioso.
Te leo en comentarios y te veo en Youtube

Comentarios
Publicar un comentario