A veces, con el diario del lunes, las decisiones parecen difíciles de explicar. Hoy, mirando hacia atrás, nosotros mismos nos preguntamos muchas veces: ¿por qué nos fuimos de Londres si estábamos tan bien? Y la verdad es que no hay una respuesta lógica, concreta y cerrada. No hubo una crisis, no hubo un problema grave, no hubo una urgencia real. Simplemente, en junio de 2017, decidimos mudarnos de Londres a Barcelona creyendo que podíamos construir una vida diferente, quizás más relajada, más liviana, más cercana a lo que imaginábamos como “vivir bien”.
No nos arrepentimos, pero tampoco podemos negar que amamos Londres. Y que todavía hoy la extrañamos mucho.
Londres: cuando todo funcionaba
Nuestra vida en Londres estaba ordenada. Teníamos trabajo, rutina, estabilidad y una sensación clara de estar en un lugar donde las cosas, en general, funcionaban. Londres es una ciudad dura, intensa, caótica a veces, pero también profundamente generosa con quien quiere trabajar. Nunca nos faltó empleo, y eso, cuando emigrás, es muchísimo.
Pero si hay algo que extrañamos de Londres con una intensidad casi física, son sus markets. Los mercados londinenses eran parte de nuestra vida cotidiana. No era solo ir a comer algo rico, era un plan, una excusa para caminar, descubrir sabores, mezclarse con gente de todos lados. Borough Market, Camden, Portobello, Brick Lane… cada uno con su identidad, su ritmo, su gente. Hoy, viviendo en Escocia, seguimos disfrutando de algunos markets, pero son pequeños, tranquilos, casi tímidos en comparación. Londres, en ese sentido, es irrepetible.
Estábamos bien en todos los ámbitos. Trabajo, vivienda, rutina. Y aun así, algo se movía por dentro.
La fantasía de una vida más relajada
Barcelona apareció como una idea seductora. El idioma, el clima, el mar, el estilo de vida mediterráneo. Pensábamos que todo sería más simple. Que hablar español nos daría una ventaja enorme. Que vivir cerca del mar nos permitiría bajar un cambio después de años de ritmo londinense.
No huíamos de Londres. Buscábamos otra cosa. Tal vez más sol, más calma, más disfrute. Creíamos que podíamos mantener una vida laboral activa pero con menos presión. Hoy sabemos que esa ecuación no siempre funciona así.
Llegar a Barcelona: expectativas y realidad
Barcelona nos recibió hermosa, como siempre. Es una ciudad vibrante, llena de vida, de historia, de rincones increíbles. Nos instalamos cerca de Plaza España, en un departamento bien ubicado, con buena conexión y todo lo necesario para arrancar. En lo cotidiano, la vida era agradable. Salir a caminar, sentarse en una terraza, disfrutar de la ciudad era fácil.
Pero muy rápido apareció el primer gran problema: el trabajo. Conseguir empleo en Barcelona no fue sencillo. A pesar de hablar el idioma, a pesar de tener experiencia, los meses pasaban y no aparecía nada. El mercado laboral era muy distinto al de Londres. Más competitivo, más lento, más informal en algunos aspectos. La estabilidad que habíamos dado por sentada dejó de existir.
Y cuando el trabajo no aparece, la cabeza empieza a jugar en contra.
Vivir bien, pero con la cabeza en otro lado
A pesar de todo, la pasamos bien. No vamos a negar eso. Barcelona nos regaló momentos hermosos. Uno de los recuerdos más lindos que tenemos es la Playa de Gavà. Desde la puerta de nuestro departamento tomábamos un bus y en poco tiempo estábamos frente al mar. Arena, tranquilidad, caminatas largas, mate, charlas. Esos días quedaron grabados en nuestra memoria.
Barcelona nos enseñó a disfrutar incluso cuando las cosas no están del todo resueltas. Pero también es cierto que nunca logramos relajarnos por completo. La falta de trabajo era una sombra constante. Vivís, disfrutás, pero con un nudo en el estómago. Y eso, con el tiempo, desgasta.
El idioma no lo es todo
Uno de los grandes aprendizajes de esa etapa fue entender que hablar el idioma no garantiza nada. Creíamos que el español iba a facilitarnos todo, pero no fue así. El problema no era comunicarse, era el contexto económico, laboral y estructural.
Barcelona es una ciudad increíble, pero no siempre amable con quienes llegan buscando estabilidad laboral. No es una crítica, es una realidad. Muchos locales lo viven igual. Y cuando emigrás, necesitás algo más que belleza y buen clima: necesitás oportunidades reales.
No volver a Argentina no era opción
En medio de la incertidumbre, había algo claro: volver a Argentina no era una opción. No porque no la amemos, sino porque sentíamos que todavía nos quedaba camino por recorrer afuera. Que aún no habíamos terminado nuestro proceso migratorio.
Ahí empezó a aparecer de nuevo el Reino Unido en el radar. Lo conocíamos, teníamos permisos, sabíamos cómo funcionaba el mercado laboral. Y aunque Londres seguía siendo una posibilidad, empezamos a mirar otros lugares. Así, casi sin darnos cuenta, Escocia empezó a tomar forma.
Barcelona no fue un error
Es importante decirlo: Barcelona no fue un error. Fue una etapa. Nos enseñó mucho. Nos mostró nuestros límites, nuestras prioridades y también nuestras fantasías. Nos hizo entender que no todo lo que parece ideal lo es en la práctica. Y que está bien cambiar de opinión.
No nos arrepentimos de haber vivido ahí. Al contrario. Guardamos recuerdos hermosos, amistades, momentos de disfrute real. Pero también aprendimos que, en esta etapa de la vida, necesitamos algo más que una ciudad linda.
El miedo después de quemarse
Como decimos en Argentina, el que se quema con leche, ve una vaca y llora. Después de Barcelona, el miedo apareció con más fuerza. No queríamos volver a equivocarnos. No queríamos pasar otra vez meses sin trabajo. Ya no éramos jóvenes, y eso pesa.
Ese miedo no nos paralizó, pero nos volvió más cautos. Emigrar deja marcas. Y cada mudanza suma experiencia, pero también cicatrices.
Todavía en edad laboral, todavía con ganas
Hoy, con 54 años, puedo decirlo con claridad: todavía estamos en edad laboral y todavía tenemos ganas. No sentimos que el camino esté terminado. Al contrario. Sentimos que aún queda mucho mundo por conocer.
Barcelona fue una pausa, una respiración profunda, un intento de otra forma de vivir. Escocia fue la decisión más racional. Y quién sabe qué vendrá después.
Mirar atrás sin juzgar
Con el tiempo aprendimos a mirar atrás sin juzgarnos. Las decisiones se toman con la información y el estado emocional que tenés en ese momento. Hoy es fácil preguntarse “¿para qué nos fuimos de Londres?”. En ese momento, la respuesta era clara: queríamos probar otra cosa.
Y probar, incluso cuando no sale como imaginabas, no es fracasar.
La historia sigue
Esta etapa, Londres–Barcelona, forma parte de nuestra historia migratoria tanto como Escocia. Sin ella, no hubiéramos tomado las decisiones que tomamos después. Sin Barcelona, quizás nunca hubiéramos llegado a Edimburgo.
Y si algo tenemos claro hoy es que la historia sigue abierta. No se sorprendan si algún día escribo desde otro país, desde otro continente, desde “el otro lado del mundo”. Porque mientras tengamos ganas, curiosidad y un poco de valentía, el camino no se termina.
Lo que Barcelona nos dejó (y todavía hoy valoramos)
Con el tiempo, entendimos que Barcelona no fue una equivocación sino una experiencia necesaria. Nos enseñó algo fundamental: no todo lo que parece más fácil realmente lo es. Creímos que el idioma iba a simplificarlo todo, pero emigrar es mucho más que entender lo que te dicen. Es encajar en un sistema, en un mercado laboral, en una dinámica social que no siempre está preparada para absorber a quienes llegan de afuera, incluso hablando la misma lengua.
Barcelona nos dio disfrute, sí, pero también nos obligó a mirarnos y preguntarnos qué necesitábamos realmente en ese momento de nuestras vidas. Necesitábamos estabilidad, previsibilidad y oportunidades laborales reales. Y eso fue lo que empezó a faltar.
El desgaste invisible de no trabajar
No trabajar no es solo un problema económico. Es emocional. Es sentir que los días pasan y no avanzás. Que disfrutás de una ciudad increíble, pero con la cabeza en otro lado. Esa sensación, sostenida en el tiempo, fue lo que terminó inclinando la balanza. No fue una decisión impulsiva, fue acumulación.
Ahí entendimos algo clave para cualquier persona que esté pensando en emigrar: la ciudad ideal no existe si no podés sostener tu vida cotidiana. Por más mar, sol y belleza que haya.
Viajar y emigrar también es cuidarse
En ese proceso aprendimos otra lección importante: emigrar sin red es muy desgastante. Viajar, mudarse, probar países implica exponerse a imprevistos, y por eso siempre recomiendo contar con un buen seguro desde el primer día.
👉 Si estás pensando en emigrar o hacer un cambio de país, contar con un seguro de viaje y salud como IATI te permite enfocarte en adaptarte y buscar trabajo, sin sumar preocupaciones innecesarias.
Si todavía no leíste el post donde cuento cómo fue nuestro viaje exploratorio y por qué Escocia apareció como opción, te recomiendo empezar por ahí.
Alojamiento temporal: una decisión clave
Otro aprendizaje fue entender lo importante que es dónde te alojás al llegar. Un buen alojamiento temporal puede darte calma, tiempo y energía para tomar mejores decisiones. Aunque en Barcelona no vivimos en hotel, esta experiencia nos hizo valorar muchísimo más los alojamientos bien ubicados cuando llegás a una ciudad nueva.
👉 Si estás buscando hotel o alojamiento para tus primeros días en una ciudad europea, en Expedia podés encontrar opciones bien ubicadas y flexibles, ideales para arrancar sin presión.
Cómo este post se conecta con el resto de la historia
Este capítulo Londres–Barcelona es una pieza clave de nuestra historia migratoria. Si no lo leíste todavía, te recomiendo empezar por el post donde contamos el viaje exploratorio que nos llevó a elegir Escocia, porque ahí se entiende cómo Barcelona fue el paso previo necesario antes de llegar a Edimburgo.
Y en el próximo post, seguimos con la llegada a Edimburgo, cuando por fin volvimos a un país donde el trabajo apareció rápido y la vida empezó a acomodarse de otra manera.
“En el próximo post te cuento cómo fue nuestra llegada definitiva a Edimburgo y por qué ese cambio lo transformó todo.”
Te leo en comentarios

Comentarios
Publicar un comentario