Cómo fue nuestro reencuentro en Edimburgo: trabajo, adaptación y empezar de nuevo en Escocia

 

Reencuentro familiar en Edimburgo, Escocia

Historia migratoria: el reencuentro en Edimburgo y los primeros trabajos en Escocia

El reencuentro con Mariano y Valentín en Edimburgo marcó, sin exagerar, el verdadero comienzo de nuestra vida en Escocia. Aunque la decisión de mudarnos ya estaba tomada desde hacía meses, fue ese momento —ese abrazo después de tantos cambios, mudanzas y despedidas— el que le dio sentido a todo el recorrido previo.

Como conté en el post anterior, yo había llegado a Edimburgo a mediados de febrero de 2018 con una valija de cabina y muchas preguntas. Mariano y Valentín se habían quedado en Barcelona organizando la mudanza, cerrando ciclos y sosteniendo lo que quedaba de una etapa que ya sabíamos que no tenía demasiado futuro. Agustina, por su parte, decidió quedarse viviendo en Barcelona, donde ya residía antes de nuestra llegada. Cada uno estaba haciendo su propio proceso, a su manera y a su tiempo.

Si querés entender por qué elegimos Escocia y cómo fue el viaje exploratorio que nos llevó a tomar esta decisión, te cuento todo en este post anterior.

El plan era simple en los papeles: yo venía primero a preparar el camino. Conseguir un alquiler, empezar a trabajar, entender la ciudad. Y ellos llegarían después. Pero, como casi siempre pasa cuando emigrás, la realidad agregó condimentos inesperados.

Este post es la continuación de una historia que empezó mucho antes. Si querés entender mejor por qué llegamos a Edimburgo y cómo fue nuestra primera decisión de volver al Reino Unido, te dejo acá el inicio de esta trilogía.

Mariano y Valentín tenían vuelo para finales de febrero, pero una gran tormenta de nieve paralizó aeropuertos, rutas y media Escocia. El vuelo fue cancelado y reprogramado. Finalmente, llegaron a Edimburgo el 3 de marzo de 2018, después de varios días de incertidumbre y nervios acumulados. Para ese entonces, yo ya había firmado el contrato de alquiler y tomado posesión del departamento, algo que, mirando hacia atrás, sigue pareciéndome casi milagroso.

Ese día los fui a buscar al aeropuerto y volvimos juntos en el tranvía. Ese trayecto, corto pero cargado de emoción, quedó grabado en mi memoria. Verlos bajar con sus valijas, cansados pero sonrientes, fue la confirmación de que habíamos tomado la decisión correcta. No sabíamos exactamente cómo iba a seguir la historia, pero estábamos juntos otra vez, en un país que nos estaba dando una nueva oportunidad.

Esa misma noche, casi sin tiempo para acomodarnos del todo, Mariano empezó a trabajar. Literalmente. Lo llamaron de la misma agencia en la que yo ya estaba trabajando y al día siguiente ya estaba asignado a un turno. Puede sonar exagerado, pero veníamos de nueve meses sin trabajar en Barcelona, así que conseguir empleo tan rápido fue una bocanada de aire fresco.

Y acá vale una aclaración importante: cuando decimos que estábamos “desesperados” por trabajar, lo decimos con humor. Nadie puede desesperarse por trabajar, pero cuando pasás tanto tiempo sin estabilidad laboral, volver a sentirte útil, productivo y económicamente activo te devuelve algo muy profundo: la dignidad.

En Escocia, al menos en ese momento previo al Brexit, el trabajo se conseguía de manera sorprendentemente natural. No había que tener un currículum perfecto ni un inglés impecable. Había que tener ganas, responsabilidad y disponibilidad. El resto se aprendía sobre la marcha.

Mientras Mariano se acomodaba en su nuevo rol, yo seguía en una especie de nebulosa con respecto a mi nivel de inglés. Entendía, pero no del todo. Hablaba, pero con inseguridad. Aun así, mandaba currículums a todos lados. Literalmente a todos lados. Cafés, restaurantes, tiendas, agencias. No analizaba demasiado si el puesto era “para mí” o no. Mi lógica era simple: si piden gente y yo puedo aprender, voy.

Así fue como respondí a un aviso que pedía personas para ayudar haciendo sándwiches. ¿Qué podía salir mal? Nunca fui especialmente hábil en la cocina, pero hacer sándwiches parecía algo bastante inocente. Spoiler: a veces la vida te sorprende.

Resultó que el trabajo era en un café precioso dentro del Palacio de Holyrood, la residencia oficial de la Reina Isabel en Escocia en ese momento. Sí, ese palacio. Todavía recuerdo la mezcla de nervios, incredulidad y risa interna cuando me lo dijeron. Yo, que había llegado con miedo de no entender el idioma, terminaba trabajando en uno de los lugares más emblemáticos de Edimburgo.

Ese fue mi primer trabajo estable en la ciudad. Y no llegó por un currículum brillante ni por un inglés perfecto, sino por algo mucho más simple: animarse. Ir. Probar. No tener miedo al ridículo ni al error. Cara dura, como decimos nosotros.

Mis compañeros de trabajo fueron una bendición. Tres polacos —Mike, Lukas y Gregor— que me ayudaron en absolutamente todo. Me explicaban, repetían, me corregían con paciencia infinita y me hicieron sentir parte del equipo desde el primer día. La jefa, una escocesa bastante seria (por no decir amargada), también tuvo una paciencia enorme conmigo, a pesar de mis dudas, mis errores y mis silencios cuando no entendía nada.

En ese café trabajé tres años, hasta que llegó la famosa pandemia y el mundo entero se frenó. Pero eso ya es otra historia, que merece su propio post.

Lo que quiero dejar claro con este tramo de nuestra historia migratoria es algo que repito siempre: no hay que esperar a sentirse listo para empezar. Nunca te sentís listo del todo. El idioma mejora usándolo. La confianza se construye equivocándote. La integración llega caminando la ciudad, tomando transporte público, trabajando, hablando con gente de todos lados.

Edimburgo nos recibió con trabajo, con oportunidades y con una calma que no habíamos encontrado en otras ciudades. No fue todo perfecto, claro. Hubo cansancio, dudas, días largos y momentos de soledad. Pero también hubo reencuentros, pequeñas victorias diarias y la certeza de estar avanzando.

Ese 3 de marzo de 2018 no solo nos reencontramos como familia. Empezamos, de verdad, una nueva vida en Escocia. Y aunque en ese momento no lo sabíamos, esa decisión nos iba a cambiar para siempre.

En los próximos posteos les voy a contar más sobre nuestras aventuras laborales, cómo fue creciendo nuestra vida en Edimburgo y todo lo que aprendimos en el camino. Porque emigrar no es un evento puntual: es un proceso largo, lleno de capas, que se construye día a día.

Llegar, instalarse y cuidarse: decisiones prácticas cuando recién empezás en un país nuevo

Con el diario del lunes, muchas de las decisiones que tomamos en esos primeros meses en Edimburgo parecen obvias. Pero en el momento no lo eran. Cuando emigrás, cada elección —desde dónde dormir hasta cómo moverte por la ciudad— tiene un peso enorme, porque todo es nuevo y cualquier error se siente el doble.

Una de las primeras cosas que aprendí viviendo sola en hotel y luego esperando a que llegaran Mariano y Valentín fue la importancia de resolver lo urgente sin perder de vista lo importante. Lo urgente era trabajar, generar ingresos, conseguir una casa. Lo importante era cuidarnos, no enfermarnos, no quemarnos emocionalmente y no sentir que todo era una carrera contra el reloj.

Por eso, durante esas primeras semanas en Edimburgo, elegí moverme con cierta prudencia. Caminaba mucho, usaba transporte público y evitaba riesgos innecesarios. Cuando emigrás, especialmente en un país extranjero, entender que tu salud es tu principal capital no es una exageración.

En un proceso migratorio, contar con un buen seguro médico internacional no es un lujo, es una tranquilidad enorme, sobre todo cuando todavía no conocés el sistema de salud del país al que llegás.

Escocia tiene un sistema de salud público bueno, pero acceder a él lleva tiempo, trámites y empadronamientos. Mientras tanto, tener un respaldo privado te permite moverte con otra calma, especialmente en los primeros meses.

Algo similar pasa con el alojamiento. Mucha gente subestima lo importante que es elegir bien dónde quedarse al llegar. No se trata solo de precio, sino de ubicación, transporte, entorno y sensación de seguridad. En mi caso, haber pasado esos primeros días en un hostel y luego en un hotel bien ubicado me permitió concentrarme en lo esencial sin sumar estrés.

Si estás planeando emigrar o hacer un viaje exploratorio, reservar un hotel en una buena zona puede marcar la diferencia entre una llegada caótica y un comienzo ordenado.

No hace falta que sea un hotel de lujo. Hace falta que te permita dormir bien, pensar con claridad y moverte sin complicaciones. Eso, cuando estás armando una nueva vida, vale oro.

Con el paso de las semanas, nuestra rutina en Edimburgo empezó a tomar forma. Mariano trabajando casi de inmediato, yo afianzándome en el café del Palacio de Holyrood, aprendiendo palabras nuevas todos los días y entendiendo que el famoso “inglés escocés” iba a ser un desafío permanente. Pero lejos de ser un obstáculo, eso se convirtió en parte de la aventura.

Nunca sentí que no entender todo fuera un impedimento real. Pedía que me repitieran, preguntaba, me equivocaba. Y seguía. Porque si algo aprendí en estos años es que el miedo nunca es buen consejero cuando emigrás. El respeto, sí. La prudencia, también. Pero el miedo paraliza, y quedarse quieto no es una opción cuando decidís cambiar de país.

Edimburgo nos fue mostrando, de a poco, que habíamos acertado. No solo por el trabajo o el alquiler, sino por la calidad de vida, el ritmo, los espacios verdes y esa sensación de estar en un lugar donde todavía era posible construir algo desde cero sin sentirte fuera de lugar.

Ese reencuentro en marzo de 2018 no fue solo el final de una etapa difícil. Fue el comienzo de una historia nueva, con desafíos distintos, pero también con mucha más calma y confianza en nosotros mismos.

Y si algo puedo decir hoy, después de tantos años viviendo en Escocia, es que animarse valió la pena. Incluso sin certezas. Incluso con miedo. Incluso sin entender del todo el idioma.

Te leo en comentarios si me queres contar algo

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