Comer lejos de casa: lo que extraño, lo que descubrí y lo que aprendí viviendo en Escocia
Emigrar no solo cambia el idioma, el paisaje o las costumbres. Cambia algo mucho más cotidiano y emocional: la comida. Porque comer no es solo alimentarse. Es memoria, identidad, afecto, ritual. Y cuando vivís lejos de tu país, la comida se convierte en uno de los puentes más directos con lo que fuiste y con lo que sos.
Después de varios años viviendo en Escocia, hay sabores que aprendí a querer, otros que todavía no entiendo del todo, y muchos que extraño profundamente. Este post no es una guía gastronómica ni una crítica culinaria. Es una mirada honesta, cotidiana y muy humana sobre qué pasa con la comida cuando emigrás.
El shock inicial: cuando el paladar también emigra
Al principio todo es novedad. Vas al supermercado y nada te resulta familiar. Las marcas no dicen nada, los productos parecen parecidos pero no lo son, y hasta el pan tiene otra textura. Te das cuenta rápido de que no solo cambiaste de país, cambiaste de despensa.
En Escocia, como en todo Reino Unido, la comida es funcional. Práctica. No hay demasiada ceremonia alrededor del acto de comer. Eso, para quienes venimos de culturas donde la comida es encuentro, charla larga y sobremesa, se siente fuerte.
Fish and chips: el clásico que aprendés a respetar
No se puede hablar de comida en Escocia sin mencionar el fish and chips. Está en todos lados. En barrios, pueblos, ciudades grandes y chicas. Al principio lo probás por curiosidad. Después, por costumbre. Y finalmente, lo incorporás como parte del paisaje.
¿Es gourmet? No.
¿Es sofisticado? Tampoco.
Pero es honesto, caliente, reconfortante y muy local.
Aprendés que hay momentos en los que un fish and chips bien hecho, con sal, vinagre y papas calientes, cumple su función: alimentar y acompañar. Y eso también tiene valor.
Haggis: tradición, identidad y sorpresa
El haggis merece un capítulo propio. No por lo delicioso (eso es discutible), sino por lo que representa. Es identidad escocesa pura. Historia. Orgullo. Algo que no se cuestiona demasiado acá.
Cuando lo probás, lo hacés con respeto. Sabés que no es “tu comida”, pero entendés que es parte de la cultura del lugar donde elegiste vivir. Y ese gesto, aunque pequeño, también es integración.
Extrañar el asado: mucho más que carne
Extrañar el asado no es solo extrañar carne a la parrilla. Es extrañar el ritual. El fuego, la charla, el tiempo sin apuro. El “caé cuando quieras”, el mate previo, la sobremesa eterna.
En Escocia podés conseguir carne. Podés improvisar una parrilla. Pero no es lo mismo. Y no pasa nada. Aceptar eso también es parte del proceso migratorio.
El asado queda guardado como un símbolo. Algo que te conecta con tu origen, con tu historia, con tu forma de compartir.
Kioscos argentinos, golosinas y pequeñas nostalgias
Si sos argentina, sabés que los kioscos son casi una institución. No es solo comprar algo dulce. Es elegir, mirar, comparar, charlar. Afuera, eso no existe igual.
Extrañar un alfajor, una golosina puntual, una marca específica, puede parecer una pavada. Pero no lo es. Son anclas emocionales. Pequeños recordatorios de casa.
Cada vez que alguien viaja desde Argentina y trae un paquete de golosinas, se arma una fiesta. Y eso dice mucho.
Panaderías: cuando el pan no es pan
El pan es otro punto sensible. En Escocia hay buen pan, sí. Pero es distinto. Otra miga, otra textura, otro sabor. Para quienes crecimos yendo a la panadería del barrio, eso se siente.
Aprendés a adaptarte. Encontrás alternativas. A veces cocinás en casa. Otras veces resignás. Pero el recuerdo de la panadería argentina siempre está ahí, intacto.
Cocinar como refugio
Con el tiempo, cocinar se vuelve una forma de cuidado. Una manera de reconectar. Preparar comidas de tu país, adaptar recetas, improvisar con lo que hay. Cocinar se transforma en un acto de identidad.
No siempre sale igual. No siempre se consiguen los ingredientes. Pero el gesto importa más que el resultado.
Comer afuera: otra experiencia
Salir a comer en Escocia es diferente. Menos ruido, menos tiempo, menos sobremesa. Pero también hay algo que se agradece: nadie te apura, nadie te molesta, nadie te juzga.
Aprendés a disfrutar de otra manera. A valorar el silencio, la calma, la simpleza.
La comida como parte del viaje
Emigrar es un viaje largo. Y como todo viaje, implica adaptarse, cuidarse y prever. Así como aprendés a comer distinto, también aprendés a pensar en tu bienestar general.
Viajar, mudarte, cambiar de país implica exponerte a situaciones nuevas. Y aunque en Reino Unido contamos con el NHS, no todos los destinos ni todas las etapas del viaje funcionan igual.
Por eso, cuando hablás con otros emigrados o viajeros, aparece un tema clave: la importancia de contar con un seguro de viaje internacional, sobre todo al comienzo, cuando todavía estás acomodándote.
Si estás pensando en emigrar, viajar o pasar una temporada larga fuera de tu país, una opción muy utilizada por viajeros y familias es contar con un seguro de viaje como IATI Seguros, que ofrece coberturas pensadas para estancias largas y situaciones reales de quienes viven fuera.
Comer lejos también enseña
Con los años entendés que extrañar sabores no significa querer volver. Significa que tenés raíces. Y eso es sano.
La comida se vuelve memoria, puente, aprendizaje. Te enseña a soltar, a adaptarte y también a valorar lo que traés con vos.
Hoy puedo decir que aprendí a comer distinto sin dejar de ser quien soy. Y eso, en el fondo, resume bastante bien lo que es emigrar.
Comer también es pertenecer (y a veces no)
Con el paso del tiempo entendí que la comida es una de las formas más silenciosas —y más profundas— de pertenencia. Cuando vivís en otro país, no siempre te sentís parte por el idioma o el trabajo, pero hay días en los que una comida conocida te acomoda por dentro como pocas cosas.
En Escocia, comer no ocupa el mismo lugar central que en Argentina. No hay tanta planificación alrededor de la mesa, ni largas sobremesas. Se come para seguir con el día. Y al principio eso choca. Sentís que falta algo. Que todo es demasiado rápido, demasiado práctico.
Pero después pasa algo curioso: empezás a observar sin juzgar. A entender que no es mejor ni peor, es distinto. Y cuando dejás de resistirte, empezás a encontrar tus propios rituales dentro de esa diferencia.
El supermercado como territorio emocional
Ir al supermercado en otro país es una experiencia extraña. No solo por los productos, sino porque te enfrentás todo el tiempo a lo que no está. Lo que falta se nota más que lo que hay.
Con los años, dejás de buscar exactamente lo mismo que comías en Argentina y empezás a armar tu propia combinación: productos locales, adaptaciones, recetas inventadas. Y sin darte cuenta, tu forma de comer se vuelve un reflejo de tu proceso migratorio: un poco de acá, un poco de allá.
Ese equilibrio también se aprende. No es inmediato.
Compartir comida como forma de conexión
Algo que me sorprendió gratamente en Escocia es que, aunque la cultura sea más reservada, compartir comida sigue siendo una forma de acercarse. Invitar a alguien a comer, llevar algo casero al trabajo, compartir una mesa sencilla… todo eso rompe barreras.
No hace falta un banquete. A veces alcanza con una sopa caliente en un día frío o una torta simple para acompañar una charla. En esos gestos pequeños también se construyen vínculos.
Comer afuera sin culpa ni exceso
Otra cosa que cambia es la relación con el “salir a comer”. No es tan frecuente ni tan central como en Argentina, y eso, con el tiempo, se vuelve saludable. Comer afuera deja de ser una obligación social y pasa a ser una elección.
Eso también impacta en el bolsillo, en la rutina y en la cabeza. Vivir en Escocia me enseñó a disfrutar más de lo simple, de lo cotidiano, de lo que no necesita ser espectacular para ser bueno.
El cuerpo también se adapta
El cuerpo aprende. Cambian los horarios, las porciones, los ingredientes. Al principio todo se siente raro. Después se acomoda. Y cuando viajás a tu país de origen, notás que ya no comés igual que antes.
Eso no es perder identidad. Es transformación.
Pensar en el bienestar completo
Así como aprendés a comer distinto, también aprendés a cuidarte de otra manera. Vivir afuera te vuelve más consciente de tu cuerpo, de tu salud y de lo importante que es tener respaldo cuando estás lejos de casa.
Cuando emigrás o viajás por largos períodos, no siempre sabés qué puede pasar. Por eso, más allá de la comida, el trabajo o la adaptación cultural, hay algo clave: sentirte protegido.
Tener un seguro de viaje no es vivir con miedo, es vivir con previsión. Especialmente cuando estás armando una vida en otro país, cualquier imprevisto puede volverse más complejo de lo necesario.
Entre sabores nuevos y recuerdos viejos
Hoy puedo decir que no necesito elegir entre el fish and chips y el asado. Entre el haggis y las empanadas. Hay lugar para todo. Para lo nuevo y para lo que extraño.
La comida, como la emigración, no se trata de reemplazar una cosa por otra. Se trata de sumar experiencias, de aprender a convivir con la nostalgia sin que te frene, y de disfrutar lo que tenés adelante sin culpa.
Y en ese equilibrio —entre sabores nuevos y recuerdos viejos— sigo construyendo mi vida en Escocia, con hambre de futuro, pero con memoria intacta.
Conclusión: entre el haggis y el asado, la vida sigue
Vivir en Escocia me enseñó que no todo tiene que gustarte para que funcione. Que podés extrañar el asado y al mismo tiempo disfrutar un fish and chips bajo la lluvia. Que la identidad no se pierde porque cambien los sabores.
La comida, como la emigración, no se trata de reemplazar. Se trata de sumar.
Y en ese equilibrio entre lo que extraño y lo que descubrí, sigo construyendo mi vida lejos de casa, pero con la mesa siempre llena de historias.

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